19 de abril de 2016

Test

12 divagues
Bueno, esto era verdaderamente un test, sin trampa ni cartón. Pero ya que está aquí me dice el Peda: "cuelga esta canción", para no dejarlo en blanco. 

El sábado vino una amiga de Mini a jugar y, cuando se turnaban para pedir canciones -momento disco-, la ninia pidió esta, que nunca habíamos oído...Sí, hijos: así llega hoy en día la música a nuestra vida.

A mí me dan ganas de salir una noche entera a bailar a túneles como este que acaban de abrir en Rotherhithe, en el sudeste de Londinium: el Brunel Museum. Entrad aquí, ya veréis qué chulo. 

9 de abril de 2016

Tokio Narita-Londinium Heathrow (J23)

2 divagues
09.04.06-Tokio-Londinium

Desde la primera vez que oí que el principal aeropuerto de Tokio se llama Narita, sentí cierta ternura (imagen: un cachorro de labrador o golden). Todo porque la perra de Fashion y JAL se llama Nara (homenaje a la ciudad donde fuimos atacadas salvajemente por cervatillos, recuerden) y es tan mona. El caso es que volamos de Narita (habíamos llegado a Haneda, en el sur) sobre las 10:00 am, lo que significa levantarse hacia las 6, habiendo dormido poco (los neuróticos), teniendo una masa de tiempo amorfa ante nosotros, que no me atrevo a llamar día.

Es extraño el meterte en un avión por tantas horas: lo primero que tratas de hacer es luchar con armas lógicas, por ejemplo no cambiar la hora del reloj hasta "estar cerca", para más o menos saber cuántas horas llevas como una sardina en lata. Todo es inútil: cuando vuelas en una franja horario similar, estos pequeños trucos son medio-posibles; ahora, cuando llevas un desfase horario de 8 horas y te vas a meter 11 horas de una tacada, y luego otra hora y media hacia el final, los truquitos no sirven.

Pero antes de esto me refiero a las fotos del tren en el que vamos a Narita y aparecemos muy desmejorados, blancuchos y con el estómago triste (pese a la ingente cantidad de material para emergencias que llevamos en las mochilas: nada sobró, nos lo comimos todo). Tras el metro, cogemos el tren lento, que viene incluido en nuestro pase, y cuando llegamos al aeropuerto, hay unos medio nervios de "habremos hecho tarde". Pero no: esperamos para facturar en KLM, con los que volvemos, y una vez pasada seguridad, en la tienda compramos alguna galleta para los trabajos.

Embarcamos y una de las primeras emociones es.. el Monte Fuji a la izquierda!! Nos lo avisa el capitán, y como estamos sentados otra vez (grrr) en la fila de 4 del centro, Mini y yo salimos pitando a hacer fotos en uan de la sventanas. había visto alguna foto de esas que corren por Instagram del Fuji desde el avión de esas de quitar el hipo. Las mías.. ehem. Pero lo vimos, y esas cosas hacen ilusión: unas de las que más, ver el parque triángulo invetido dfrente a mis casa al volar a Heathrow (que también vemos esta vez, muchas horas después) y la concha de Donosti, de pasada desde Vetusta. Los "sights" de Vetusta no tiene mucho mérito, pero la última vez me asombré de lo pequeña que es la ciudad del viento.

No pegamos ojo en las 11 horas: hay tanto por hacer! Yo llevo el notebook para adelantar divagues, pero no hay tiempo. También mi libro ("Kassel no invita a la lógica" de Vila-matas, que casi no he leído este viaje, tal es mi dedicación a empaparme de datos para este divlog), que no leo. Porque hay.. películas!!! Y luego hay que comer: os lo digo, nos dan insuficiente, y eso que me como algunas cosas de Mini que no le gustan, pero aún así, tirar de mochila se hace imperativo. Pero las pelis:

-"The hateful eight" de Tarantino. Quede dicho que el "Tarantino de época" es el que menos me gusta. Soy más de Reservoir, Pulp Fiction o Kill Bill. Comienzo a ver la peli y en un punto del principio me replanteo mi "versión original-only", porque no entiendo ni papa. Tres factores: 1. Samuel L. Jackson es un actor tricky de entender ya "en reposo". 2. La peli ocurre en una ventisca de nieve, y el fondo es un "fiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii" continuo. 3. Me encuentro en un avión, donde el ruido del motor es un "bahhhhhh" constante (y mejor que no pare, claro). Entonces tomo la decisión ejecutiva de verla en castellano y aquí ya nos deslizamos cuesta abajo y sin frenos: está doblada al mexicano. Y ya no me la puedo tomar en serio. Samuel L. Jackson llamando a los malos de una banda "malandrines" me hace sonreír. Me recuerda algo que leí recientemente de una peli de Jesucristo en mexicano en la que él hablaba de "sus cuates" por los discípulos. Así que no puedo hacer un análisis serio de la cinta, salvo que, Quentin, echo de menos a las heroínas fuertes tipo Black Mamba: aquí cada diente que le rompían a la pobre única mujer de la peli, me lo tomaba personal.

No se vayan todavía, aún hay más, y la cosa empeora:

-"The revenant". Mejor no volver a repetir lo mal que me cae el mexicano Iñarritu (ad nauseaum descrito en "Birdman") y esta peli sinceramente me parece un tostón inenarrable. Claro, me dirán, que hay que verla en una pantalla grande, que en un avión no es plan. No: las interrupciones de las bandejas eran una brisa fresca, el untar mantequilla sobre el bollo era volver a la realidad de los sentidos, beber zumo de naranja de concentrado, estar viva. No quiero pensar lo que debe ser estar en un cine y tener que únicamente atender a esos bonitos paisajes, con alguna escena gore y la trama de traición básica.

-Creo que veo una tercera, pero no recuerdo! me suena que no era de época y que no la terminé... Ah, también veo un capítulo de "Friends", el único capítulo de "Friends" que hay en todo el archivo. Mi historia con este serial es la siguiente: nunca he visto Friends, pero veo capítulos sueltos cuando la ponen en algún hotel, avión, y tal. Soy seguidora oportunista. El caso es que siempre me río, y siempre pienso: "cómo pudo Brad dejar a Jeniffer, con ese pelo y la buena pareja que hacían". No puedo evitarlo: eso es lo que pienso cuando veo a Rachel. También veo un capítulo suelto de "Frasier", el primero: correcto, típico, no creo que vea más cuando lo encuentre en un avión.

-Ah, ya recuerdo, la tercera peli fue "Joy", sobre la mujer que inventó la fregona en los USA en los 70s. Feminismo de la época y una yaya genial.

En punto de la sobredosis filmográfica y de teleseries... que nos abrochemos los cinturones! Estamos llegando a Amsterdam. tenemos como 45 minutos para trasbordar, pero como llegamos con adelanto, no hay que correr. Y el vuelo a Londinium ya es juego de niños, poco más de una hora, donde nos
dan comida y bebida (sí, estamos así de desesperados, ya no hay víveres), y finalmente nos depositan en Londinium Heathrow.Antes, sobrevolamos la city y vemos el parque triángulo invertida enfrente del que vivimos (en mala foto, derecha). Una ilu!

Que fácil es este metro: nos metemos ahí, un par de cambios y, en una hora estamos en nuestra estación. Deben ser como las 7 de la tarde británicas, no quiero ni saber qué hora de la madrugada para nuestros pequeños cuerpos fantasmas. Aún así, creo recordar que nos arrastramos a Tesco para un "imprescindibles" y hacemos las llamadas telefónicas de rigor.

Y aquí y así termina mi diario japonés. Hasta el siguiente viaje.

8 de abril de 2016

Ultimo día en Toklo: Ueno, Asakusa, Jimbocho (J22)

3 divagues
08.06.16-Tokio

Aquí estoy directamente saltando sin red, porque el Peda no hizo diario: es nuestro último día en Tokio y solo tengo las fotos y la memoria para guiarme. Así que enhorabuena: será un divague haiku.

Ueno, sakura por los suelos
y cisnes en el lago
Rodin, Le Corbusier
y Estrella Galicia.

Bueno: ya lo dejo. Hoy nos movemos en la zona noreste del Palacio Imperial (que situamos más o menos en medio de ese monstruo llamado Tokio, monstruo que, no sé si lo he dicho, gracias a las magníficas comunicados no se vive como tal: no da pereza moverse entre las zonas). Akihabara, nuestro barrio, esta también en esa zona, más hacia el centro, y Ueno pilla a dos paradas de metro hacia el norte. Nada más bajar del metro nos encontramos con un restaurante español donde nos saludan efusivamente y donde tienen Estrella Galicia.

Lo más famoso de Ueno es su parque (Ueno Koen), que es donde toda la ciudad se encamina para ver la floración del cerezo. Verdaderamente, está precioso, y en un momento, a la bajada de la ladera en cuya parte superior hay un templo (donde nos hacen de nuevo el dibujo símbolo del templo y a Mini le regalan una cajita con dos dulces) hay una "nieve" de sakura encantadora. Un conocido que estuvo me comentó que, precisamente en este parque, cuando "nevó" sakura, un grupito de japoneses aplaudieron y él se unió a las celebraciones. Yo solo le hice fotos a Mini que, cual Elsa de Frozen, por unos breves instantes parece angelical.

Hay una especie de paseo que termina en otro templo, junto al lago, y está abarrotado de chiringuitos de comida: palos de esos con tres bolas que nos dio Nishimoto en Fukuyama, mazorcas de maíz, noodles, pescaditos rebozados pinchados en un palo, lo que supongo que son plátanos rebañados en chocolate con sprinkle de colores... todo lo que quieras, pero venimos recién desayunados. Tras darnos un voltio perezoso por el otro par de templos, vamos a rodear el lago. Parece que es una reserva natural de aves, y termina en una especie de rastro donde venden monedas viejas, cosas inservibles, bisutería. Para salir de la zona y volver al metro pasamos por un par de museos, uno el National Museum of Western Art, diseñado por Le Corbusier, y que desde que descubrimos el brutalismo vemos con nuevos ojos. Hay esculturas de Rodin por los jardines: Los burgueses de Calais, El Pensador, Las puertas del infierno y otras. Pasamos por un Starbucks en la estación antes de salir para nuestro siguiente destino hoy: Asakusa.

Asakusa tiene el templo budista más venerado de Tokio, el Senso-ji, y eso lo hace un lugar de peregrinación para budistas y turistas por igual. En la guía lo describen como "ambiente de carnaval" y realmente lo que se vive a su alrededor (está al lado del río, tiene el Tokio Skytree en el horizonte) viene a ser como unas fiestas patronales. La calle que termina en el templo viene a ser un equivalente, más estrecho y con chiringuitos en lugar de tiendas, de la calle Alfonso de Vetusta que termina en nuestro propio (horrible, donde esté La Seo) templo de peregrinaje y turisteo. Las tiendas aquí ofrecen muñequitas japonesas, papeles, cosas de escritorio, amuletos... mucho más aceptable que la oferta de "El Mañico" et al, pero tal vez sea por la distancia, que lo perdona todo. Un japonés en "El Mañico", lo vivirá con exotismo? Preguntas, preguntas...

Pero es que además aquí encontramos la mayor densidad de mujeres y niñas vestidas con kimono de todo el país, que ya es decir! Hay una niña de 4 años a la que la familia obliga a posar junto a un cerezo a la que fotografió todo el que pasaba por allí. En el templo hacemos los rituales de siempre, y a la salida cruzamos puentecitos encantadores con peces naranjas gordísimos. Vagamos por las calles, compramos un colgante, encontramos una especie de almacén llamado "Quixote" que tienen peceras a la entrada y Mini se cuelga ahí un rato (con peces, vive dios, rarunos del diez).
















Alguna compra más (como odio comprar) y de camino al metro encontramos un edificio tipo oficina de turismo-centro cívico de barrio, donde paramos un rato para subir a ver Asakusa desde las alturas, y a dibujar lo que nos ha parecido Japón en tarjetas, que luego va a una pared.

Próxima estación: Jimbocho. No aparece ni en la guía pero está hacia el oeste de nuestro barrio y es la "zona de los libros", montones de librerías pegadas unas a otras donde perdernos. Pero antes hay que cenar y logramos encontrar en la zona un restaurante de tempura recomendado por la guía: Hachimaki, donde dan "tendon" que aunque suene mal es en realidad tempura (vegetales, gambas, pescado rebozado) sobre arroz blanco al vapor. Hay distintos tipos y los hombres solitarios que tenemos a ambos lados de la barra toman la opción enorme que viene en una caja cuadrada bonita. Cocinan allí, delante de nosotros y son muy simpáticos. Cuando salimos, ya es bastante tarde y cuando llegamos a las librerías, la principal a la que íbamos está cerrada.. entramos en una donde, tras unas cuantas, me dicen que no se pueden hacer fotos.

Volvemos caminando a casa... es nuestra última noche en Tokio. Al llegar, toca empacar y prepararnos mentalmente para el macro-vuelo del día siguiente. Mental y prácticamente, porque me entran las neuras de, y si no oímos la alarma? Fashion (por whatsapp), me puedes llamar a las 6 am mías? (que aún será la noche tuya). Y otras comedias por el estilo. Al final, consigo poner la alarma en uno de mis paleoteléfonos y me encomiendo a las musas del sueño...

7 de abril de 2016

Chuchos con bolso, Karaoke: The Return, Araña de Roppongi, Salir de Shinjuku (J21)

1 divagues

07.04.16 jueves. Tokio Midtown, Karaoke, Roppongi Hills, Shinjuku

Aquí ya estoy tirando del diario telegráfico del Peda, porque mi memoria falla: llevamos tres semanas casi en Japón (y más de un mes de vuelta) y los días, particularmente en Tokio, se difuminan. Este es el que se anunciaban lluvias, y sí, llueve, cosa que no hemos vivido tanto en Japón y menos mal, pero debe llover mucho: ya he hablado de la cultura del paraguas transparente. Nuestro apartamento-lujo y limpiadores midnight-, no tiene paraguas complimentary para los alquilados, un gran error. El caso es que nos despertamos tarde (los cuerpos ajados, tras Disney) y nos cuesta salir, pero además, una vez en la calle, decidimos volver a "cambiar el calzado", como nos cuenta el Peda en su diario. No sé ya si hablé de mis dudas en Londinium, maleta abierta, sobre qué zapatos llevar, que esto no es verano y sus fáciles sandalias y deportivas, pero a estas latitudes marzeantes? Deportivas y... botas? No, las botas son incómodas de llevar en maleta y además en país que hay que ir descalzándose todo el rato, apuntó Fashion, no son plan. Así que al final me acabé llevando unos zapatos "Ecco" que tengo para emergencias de esos feotes (a mí me gustan, y son cómodos, pero recibo feedback de mi hija, por ejemplo) que no he llevado en todo el viaje pero que, mira, hoy llueve y van a ir mucho mejor que las deportivas por las que se cuela el agua. Mini también tiene problemas con el velcro de sus Heeleys (estas deportivas con ruedecitas para patinar), que también se cambia [Nota sentimental: Cómo olvidar a Mini con sus ruedas en el templo aquel de Kioto de los mil toris, que casi se mata y el momento de su extracción, que casi me saco un ojo con la rueda volando). Total que, por fin, con Eccos y sin Heelys, nos lanzamos a las calles.

"Por la maniana" (cito al Peda) vamos a Roppongi. Esta zona está, para orientarnos, al suroeste del Palacio Imperial y en ella está el "Triángulo del Arte" que forman en Suntory Museum of art que está en el complejo que forma Tokio Midtown, el Centro Nacioonal de Arte y el Mori Art Museum en Roppongi Hills (otro macro-complejo). Según dicen en la guía, la "Tokio Tower" sigue siendo el retro landmark de la zona, aunque ahora le ha quitado el protagonismo la enorme Tokio Skytree que está en Asakusa (noreste del Palacio Imperial) y que mide 634 metros, el segundo rascacielos del mundo tras uno de Dubai. Tiene dos zonas de observatorio, un planetario y un acuario. Nosotros nos tropezamos con el Skytree son quererlo desde las escaleras exteriores de nuestro edificio: no sé si jugábamos con Mini a pillar o era la noche que esperábamos a los limpiadores-nocturnos, pero el caso es que, de repente, una especie de nave espacial de colores cambiantes llamó nuestra atención. Pero no bajó alienígena ninguno y, en venganza, no fuimos. También porque en la guía avisaban de las filas sin conocimiento, y ya hemos pagado por todos nuestros pecados en Disneyland.

Pero divago: estábamos en el complejo Tokio Midtown, una especie de ciudad-en-un-edificio con apartamentos, tiendas, muesos, restaurantes, centros de convenciones, todo alrededor de la Midtown Tower, en cuya planta 45 comienza el Hotel Ritz al que subimos en plan no paletos sino plan hacernos con bolsa de oxígeno para continuar con la Revolución. Un lobby-restaurante de techos altísimos, alguien toca un piano de cola, y gente a la que abofetería con gusto juega con hojas de lechuga en platos de disenio... Bajando al suelo, nos debatimos si tomar un Starbucks pero está petado, y acabamos cruzando el centro -que está lleno de influencias japonesas, como un torii en la entrada del mall, o un bosque de bambú en el atrio alrededor del cual hay restaurantes- para salir por un lateral a un puente que cruza una calle para dar a otro museo. (me seguís? sé que no). Pero es que allí hay una tienda de objetos para chuchos ricos, que diría el naúfrago Ro. Yo pienso "cuánta tontería" frente al escaparate y sé que ganaré las iras de algunos lectores, pero es que los que no somos amantes de los animales no acabamos de tener esa sensibilidad. En esta tienda venden desde unos carritos para perros (o sea, como los de bebés, y perdonen si no entiendo nada, porque yo pensaba que a los perros se les saca para que CA-MI-NEN) hasta conjuntos para perros, incluídas las mochilas, que ya hemos visto bastantes perros con su vestido-mochila. No habría que denunciar a los dueños por abusivos, hacerle llevar al chucho sus propios objetos de necesidad por la calle en mochila con cremallera? (qué llevarán? un hueso de plástico? una barrita energética? chicles? o el móvil perruno, el último grito?). También es peluquería o spa o lo que sea, y una mujer le lava la cabeza al paciente can, y no quiero imaginar lo que el pobre piensa cuando se lo secan. Mientras tanto, ya estamos en 21_21 Design Sight, un centro en el que ha colaborado el diseniador Issey Miyake (el Peda tuvo su perfume en algún punto), pero no voy a pasarme otro párrafo halandoos de este sitio, que lo podéis encontrar en la wiki, y era mucho más importante lo de los perros con bolso.

Caminamos hacia Roppongi Hills y antes intentamos comer primero tempura, luego lo que sea. Encontramos un sitio con fotos que nos llaman, y cuando subimos y nos vamos a sentar... hay por lo menos tres tíos fumando. Nos vamos: de verdad que no puedo entenderlo (es mi día tonto), no les molesta a ellos? Acabamos en un Go-go curry como aquel del barrio. Este está semi-subterráneo y al principio estamos solos en la barra (no hay mesas), con las dos camareras pero luego llegan unos cuantos. La comida es muy parecida al otro sitio: cerdo rebozado, arroz, y esa salsa marrón curry.Me planteo este sistema de pagar la comida en una máquina, donde los pobres camareros han de ayudarte a pagar: es esto para ahorrar tiempo o para que no toquen el dinero? (si es esto último, muy fan).

Al salir descubrimos un local de karaoke. Mini ya tiene mono tras la explosión de Fukuoka y volvemos a entrar. Esta vez tenemos ventanas y estamos en un piso como 8-10. La ciudad sigue moviéndose ahí abajo, mientras que nosotros paramos el tiempo con los éxitos de karaoke que tan bien conocen los divagantes, aunque la mayoría son de nuevo cuño, porque Mini manda más rato del deseable. Pero claro, esto del karaoke se hace por ella, no

Al salir caminamos a Roppongi Hills, otro complejo del arte, fashion y poderío, donde entramos en una tienda de Diesel con Mini (como siempre, no nos ponemos de acuerdo) y nos damos de bruces con la arania de bronce gigante de Bourgueois (Maman), que también estuvo (si no la misma, parecida) a la entrada de la Tate Modern hace un tiempo.

Nuestro siguiente destino en Shinjuku, el barrio del oeste donde está el hotel de "Lost in translation". Mi idea de Shinjuku antes de llegar es Blade Runner a la enésima potencia, la guía la describe como "el moderno corazón de Tokio". Modelno? Tras lo que hemos visto? Yo de verdad espero ver volar los taxis y si es posible encontrame con el joven Harrison Ford y decirle "olvida a Sean, seré tu replicante". Pero lo primero, hay que centrarse en llegar, o más bien SALIR de la estación de Shinjuku: en la guía ya comentan que si es un gran nudo de comunicaciones, conectando tres terminales de tren y múltiples metros, y que pasan por ella dos millones de personas al día. Tiene nada menos que 60 (SESENTA!) salidas, así que la guía sugiere "que dios os coja confesados", que es mi traducción libre al "cuando te encuentres perdido, sal a la superficie tan pronto como puedas y allí llora" (o busca nosequé rascacielos).

Evidentemente, nos perdemos: pasillos y pasillos y acabamos en una especie de autopista bajo tierra, con lo que por fin seguimos los consejos de la Rough. Una vez arriba nos hacemos unas fotos en una plaza redonda, porque ya es de noche y, aunque no hay coches voladores, divagantes eso es Blade Runner. Y ahora falta subir a uno de ellos, que se llama "Tokio Metropolitan Government BUilding", de nuevo un macro-complejo con dos torres gemelas, una de ella nuestra víctima (o nosotros la suya, que la risa va por barrios). Ascensorista y todo guiris, que al llegar arriba, deben sufrir nuestro mismo shock: primero las vistas son WOW, vale, pero, para llegar a los ventanales hay que pasar por... alguien recuerda el hangar del Volcán Aso, un "Mañico" japonés? Bien, aquí hay otro pero, parecía que no era posible, peor. Camisetas, Hello Kitties, muñecos, imanes: una parada de los monstruos del souvenir.

Salimos como podemos (esas visiones pasan factura luego, pesadillas y flashbacks) y vamos a dar una vuelta por este corasao tokiota, acabando en Omoide Yokocho ("el callejón de los recuerdos", nombre oficial, "el callejón del pis", nombre oficioso, de la época en la que no había baños) es como el Tubo de Vetusta, solo que mucho más estrecho,- para nosotros más exótico-, y lleno a los lados de restaurantes -pasillo llenos de gente, 7-9 personas máximo. Allí dentro están cocinando tras la barra, y el vapor del ramen se mezcla con el humo del tabaco con el sudor de los ejecutivos con la brisa de la calle, porque está todo abierto. Está bajo los arcos de las vías del tren (parece ser que es donde pasa todo en las grandes ciudades), y tal vez un horrible complejo de los que he hablado termine con él: sería una pena porque es un lugar atmosférico, lleno de farolillos y carácteres de esos de foto, a los que les robo alguna.

No recuerdo entrar a Shinjuku tan traumático como salir... solo se que estamos muy cansados y que llegamos a Akihabara tan derrotados que logro persuadir al Peda para comernos cualquier cosa en el apartamento. Pasamos por un nuevo super que descubrimos (también bajo los auspicios de los arcos del tren), y el Peda se compra sushi. Me siento mal de no haber ido a restaurantes de sushi (pescado crudo sobre arroz o enrollado en alga) y sashimi (pescado crudo sin más), porque simplemente no puedo con el pescado crudo (yuk). Lo sé, cómo eres así, Di? Lo soy: tomadme o dejadme, no comeré pescado crudo. Ni aves. Ni mejillones. Lo demás, mira. Nosotras pillamos lo que pensamos que es cerdo rebozado sobre arroz (katsu-don), pero al llegar a a casa... es p... pollo! Ceno yogur.  

6 de abril de 2016

Tokyo Disney: Socorro (J20)

2 divagues
06.04.16-Tokio Disney

 *Nota: como vengo diciendo, lo más fascinante de Japón son sus habitantes, así que en este divague, las fotos van a ser de gente, en lugar del castillo de la Bella Durmiente, que ya lo tenéis muy visto...

Todos los Disneyland deben ser más o menos parecidos en todo el mundo. El divagante que quiera una descripción detallada de nuestro paso por el de Anaheim, Los Angeles, puede seguir el enlace. Le dediqué dos divagues! Hoy más bien quiero dedicarle medio, porque necesito ya acabar esta serie de Japón y este es nuestro ante-penúltimo día.


Elegimos este miércoles porque parece que va a llover el jueves. Como es tradición, el día-disney empieza mal porque... no mola ponerse el despertador de vacaciones. Si en nuestra anterior disney-gesta entrábamos al parque a las 9 de la mañana y salíamos a la medianoche, esta vez nos personábamos en el parque a las 9:40 am y salíamos a las 21:30. Doce horas, doce, que una vez más casi acaban conmigo (fuimos derrotados antes que en California, lo sé, pero aquí el frío cuando cae la noche y las hordas tuvieron mucho que ver).




Las hordas. A esto hay que dedicarle un párrafo, porque si bien yo pensaba que Disney en California estaba petado, no había visto nada. Japón es, ante todo, gente. En una cantidad que palidecer a cualquier otra que yo haya visto antes. Y disneyland es una burrada. ya decían en la guía "espera filas" y sí, una esperaba filas... pero tanto?? El sistema fast-track que tienen (puedes coger tickets de entrada rápida asignada a una hora en algunas atracciones) se acaba ya a las 2... luego a partir de esa hora has de esperar toda la fila, o no subir en nada medianamente adrenalínico.




Por la mañana comenzamos por "Automóviles Torregrosa" (gracias, Marisa), lo que en Disney equivocadamente llaman "It's a small world", porque "es tradición" , como dice Mini. Aquí es donde empezamos, sin saber muy bien dónde nos metíamos en Los Angeles, y tenía ser aquí: se trata de unas barquitas que recorren los distintos continentes, con muñequitos vestidos de holandesas, sevillanas, e incluso salen Quijote y Sancho! La música se te pega irremediablemente para el resto del día: es tradición.




Como somos astutos, ya habíamos pillado Fast Track para "Space Mountain" (nuestra favorita, una montaña rusa en la oscuridad, donde no ves lo que viene, pero sientes que vuelas entre estrellitas). Como estamos en la higuera, al llegar nos informan que habíamos cogido para "Star Tours", un simulador de La Guerra de las Galaxias, en el que ya habíamos estado también en LA (aquí con nuevos perosnajes). Es tan logrado que hasta te mareas: y sí, me medio volví a marear.




Hay alguna atracción aquí que no estaba en LA, por ejemplo, la "casa encantada". Ni siquiera a mí me dio miedo, yo que en la Cueva del Terror de Vetusta , me metía bajo el brazo de mi padre y no salía hasta que terminaba. Pero cuentan que cada vez que íbamos quería volver a entrar, para no ver nada (mi pobre padre se la sabe entera). Pero es que la de Vetusta daba mucho horror porque estaba toda oscura y, de repente, zas! te salía un monstruo.


Lo mejor de este día en Disney (que, por cierto, el Peda que lleva las cuentas afirma que es el que más gastamos en comida-luego cuento) fue poder hacer infinidad de fotos a gente rara, en concreto chicas de aquellas otaku, lolitas, cosplay... de todas aquellas tribus extrañas. Las había por doquier, disfrutando a tope en ese mundo infantil. Lo peor fue la comida, como digo: por alguna razón teníamos mucha hambre y había, claro, filas para hacerte con lo que fuera. Para tres trozos de pizza esperamos un buen rato (ataques de hambre, no). Un pequeño trauma particular es que mucha gente se paseaba con unas patas de pollo gigantes y marrones, qué pollo: pavo!! Cuántos pavos fueron sacrificados ese día para alimentar a esa masa de japoneses en disney?! Ya habré dicho alguna vez que desde hará un año no como pájaros (tras un artículo en The Guardian) y que jamás he comido patas así, con el hueso. Bueno, pues, vi a un bebé! Le estaban dando de esa pata!!! No tengo palabras...


Tenemos, por fin, Fast Track para Space Mountain, pero hay que hacer tiempo y acabamos en unas canoas que recorren el río, y en teoría tenemos que remar. Os ahorraré los detalles. Luego la montaña rusa nocturna, en la que podríamos pasarnos todo el día, es una chulada. Tiramisús, Cocacola y patatas fritas, y entonces pasa la cabalgata, para la que la gente pilla sitio como con más de una hora de antelación. La música es pegadiza y me recuerda a la maid de la noche anterior.



De allí vamos a "Splash Mountain", el tronco ese que va por un río y acaba con una bajada desde lo alto prácticamente vertical. En LA subimos dos veces y nos encantó. Aquí llegamos y hay... dos horas y 20 minutos de espera. Yo, que siempre digo que no hago una cola para casi nada (fuera de este maldito parque temático, es obvio) digo que paso, pero Mini insiste. Y la realidad es que si no esperas allí, ahora que ya es la tarde y no hay Fasta Track de nada, tendrás que esperar en otra o irte a las atracciones infantiles aburridas. Las montañas rusas son ya territorio tomado. Yo fantaseo, sintiendo mucha pena de mí misma, con que ese tiempo es más que un vuelo Londinium-Vetusta, o que un tren entre las propias Vetustas, o que... pero entonces descubro que tengo mi móvil y que puedo dedicarme a divagar!!! Y eso hago (debería haber divagado en presente, sobre aquel día, en lugar de hacerlo hoy, más de un mes más allá).




Por fin llegamos y ... uuuuuu....aaaa.... finito. Como es el día del hambre (no sé qué me ha dado), me como una salchicha a la salida y nos vamos hacia Tomorrowland, donde hacemos una medio fila para una cosa desconocida en LA "Buzz Lighteyears Astro BLasters", un rollo de disparar con pistolitas de láser a simpáticos alienigenas (a la abuelika con pistolikas de agua). Oh, nueva cabalgata al salir! Es de noche y es la parade de luz y sonido. La luz es espectacular.




Ya estoy muy cansada, medio pido clemencia a Mini: déjanos ya ir a casa, Miniiiiii. Pero venga, Space Mountain, una vez más. En fin, me pongo la manta a la cabeza (en concreto las medias) y ale, vamos a chuparnos esta otra gran fila para la úl-ti-ma ride. Jugamos a cosas, divago, veo la vida pasar delante mía y por fin: se acaba.




Volvemos en metro a Akihabara, piltrafas humanas. Entramos a comer ramen y gyoza y arroz frito a un chiringuito frente a la estación. Nos suben arriba: jefe, pero usted ha visto nuestro estado? No se cómo trastabillamos a casa. Prueba conseguida. Mini: dos disneys en menos de dos años, espero que nos elijas una buena residencia de ancianos.

5 de abril de 2016

Palacio Imperial, Ginza, cafés de criadas, orejas de conejita (J19)

5 divagues
Tokio (05.04.16)

Cuando me desperté, la limpiadora y el novio trajeado del portátil abierto ya no estaban allí.


Había sido un sueño? Imágenes de la extraña pareja aireando cojines y rellenando fundas y decorando edredones precisamente en aquella estancia. El espejo gigante (que en realidad es un enorme armario empotrado enfrente de las camas) me devuelve una imagen donde no están ellos: solo yo con el antifaz en la frente y el pelo alborotado.


Tras la oscura extraña entrada en el apartamento de Akihabara, nos despertamos en una luminosa mañana tokiota. Toda una pared es una terraza, pero está llena de cajas de aires acondicionados y demás, no parece que haya "cultura de la terraza" aquí (vs. otras ciudades donde en un par de baldosas ya ponen una sillita con su mesa y maceta de lavanda). Tras desayunar salimos a horas intempestivas (mediodía) hacia el Palacio Imperial.


Se trata de una de esas visitas "magnificient" (según la Di grumpy) a las que van turistas: esto ya se intuye en el metro que va hacia allá, en concreto en la boca nos topamos con un grupo de catalanes que van con guía. Turistear por lugares magnificient con guía se me antoja lo más parecido a trabajar que hay, o incluso peor en esas partes disfrutables de algunos trabajos. En fin, si digo una vez más lo de la sakura, lo bonitos que estaban los cerezos en flor, alguien gritará y se quitará de divagante, así que lo ahorro. Afortunadamente no recuerdo demasiado de esta visita (ya ha pasado un mes), salvo pasear alrededor de un foso donde había cisnes, con una muralla de piedras encajadas impresionante, de cuya parte superior salían todo tipo de árboles, preferentemente abetos y cerezos (lo habéis adivinado, en flor). Ah y la explanada de gravilla donde Mini y su padre jugaban a "it" (pillar). Al fondo había grandes rascacielos cuboides (Mini está aprendiendo las figuras 3D) en hilera que me recordaba a Central Park (la gravilla sustituye al césped). Luego entramos en las dependencias del Palacio, que incluye un pequeño museo y enormes praderas y, en serio, mucha sakura.


Salir de allí cuesta lo suyo, es tan enorme que llegar hasta las calles de los rascacielos no es un paseíto sin más. Al entrar en zona-calles vemos a una modelo con todo su equipo de fotografía: para eso no solo hay que ser, hay que valer. Está enfrente de una tienda de Issey Miyaki con una bici y saludando falsamente a alguien lejano. Nos metemos en un gran almacén de la tecnología o lo que sea y compramos un adaptador (a buenas horas, hemos tirado con uno para los múltiples aparatos todo el viaje, cambiándolos a mitad de noche). A la salida, comemos en un lugar cerca de la estación: unas bolas blancas que llevan dentro algo de carne picada-lo blanco no lo sabría describir, una especie de pasta.


Caminamos hacia el centro de Ginza, que es el barrio así llamado "exclusivo", con todas las tiendas, el glamour y el poderío que uno asocia con Nueva York, LA.. y creo que ya. Londinium no tiene un equivalente a Ginza o a la Quinta Avenida: he contado en algún punto de esta serie que Londinium da la sensación de un pueblito al lado de Tokio? Entramos en una especie de centro comercial llamado "Tokyu Plaza Ginza" de lo más futurista, aunque los seguratas (no sé cómo llamarlos, son los que te dan reverencias, van vestidos como si fueran mecánicos: este país me fascina). Subimos hasta su tejado, donde hay un restaurante y un bar, y un jardín vertical, y el arbolito con sakura. Las vistas son la pasada. Al lado del restaurante hay una piscina alargada que no cubre, de decoración (debe dar paz). Sillas y mesas de madera, y esta terraza ya tenía todos los puntos para gustarme por su nombre: Kiriko Terrace. Kiriko! El gallo Kiriko!: ese ser mítico de mi infancia.


A ver, para gustarme por lo de mítico, pero reconozcamos que el Gallo Kiriko es un ente negativo. Muy negativo y mucho negativo. Incluso negatifo. Cuando era pequeña, no sé bien si la Yaya o mi madre, o las dos, un día invocaron al Gallo Kiriko, con el método altamente pedagógico de "si no comes esto, vendrá el Gallo Kiriko y te picará". Lo sé, divagantes: pero es demasiado tarde para llamar a Servicios Sociales, esas mujeres quedaron impunes, y aún hay gente que me pregunta si mi aversión por los pájaros viene de a peli de Hitchcock, cuando solo está el Gallo Kiriko para culpar. Y una imagen antes de terminar este párrafo-flashback: en los primeros años, tengo el recuerdo de la Yaya dándonos de comer en las escaleras que bajaban al jardín (luego vino Fashion que tenía que dar una vuelta al jardín con su tequeleta entre bocado y bocado: mala comedora). Y por Tutatis que tengo la memoria del Gallo Kiriko, con las plumas de su cola todas de colores y bien erguidas, paseándose por el tejado del cobertizo del fondo del jardín. Con estos ojitos.

En fin, que salimos de la terraza Kiriko y seguimos paseando por Ginza donde hay tiendas de dulces preciosistas, cruces con pasos de cebra transversales (como vimos en Shibuya o en Oxford Circus), tiendas que son edificios de marcas que nunca podremos comprarnos: cubos blancos, o de cuadros, o lo que sea, vendiendo pretendido lujo para unos pocos: la globalización debe ser eso, a todos los ricos les gusta lo mismo. Derrengados paramos en un Starbucks: la parte de arriba es enorme pero está petada. Conseguimos una mesa alta (por qué? pongan todo sofás y déjense de mesas de pájaros: eso solo sería aceptable en la Terraza Kiriko), y a nuestro lado hay un David G (uno que dibuja en un cuaderno, encontrando en el grupo su inspiración). No hay que perderse a la salida uno de los teatros clásicos famosos, pero al llegar ya están cerrando. Y es que ha caído la noche.


Ginza se vuelve aún más Blade Runner, y Londinium aún más una capital de provincias (Vetusta ni entro) de noche, cuando se encienden las luces y es como una perpetua navidad. Paseamos por las calles, y nos encontramos con un edificio de madera, como retorcido, muy chulo. Pese a la cantidad de rascacielos, no me he encontrado con arquitectura moderna de la de ohhh-ahhh, pero este podría ser un ejemplo. Sin embargo, un colega que ha estado afirmó que ha visto arquitectura de impresión y que la gente envejece muy bien: empiezo a sospechar que hemos visitado distinto país.


Terminamos en una de esas tiendas de juguetes que hacen las delicias de Mini. Plantas y más plantas temáticas: hay una con animales de peluches tan logrados que está, si no el Gallo Kiriko, sí una prima gallina muy lograda. Mini me persigue con ella y parece estar pasando un buen rato. Rata. Hay unos sellos (recordemos, Japón y sus sellos), con nombres de fama mundial. Por supuesto Mini y Peda no están, pero encuentran Di, que astutamente guardan para mi cumpleaños. Así que ahora puedo ya tatuar a sello mis libros, en japo. La última planta tiene un excalestric gigantesco: por un módico precio te alquilan un coche y puedes competir con... tres señores de unos 55 trajeados, alguno hasta con máscara. Alguien recuerda a Sigue y Take, los ejecutivos borrachos de Fukukoa? Bien, pues hay algunos que se vienen a competir con niñas de 7 años al excalestric al final de una dura jornada laboral.


Sobre las 8 pm y agotados nos vamos hacia Akihabara, nuestro barrio, que aparte de por las tiendas de tecnología es famoso por los "Maids cafés". Quienes son las "maids"? Japón y sus múltiples tribus, de las que ya hemos hablado (Lolitas, romantic, etc) ha generado a estas "maids", que son unas chicas que aspiran a ir vestidas de criadas antiguas, aquellas que iban de negro con el delantal , la cofia, y los ribetes de puntillas, todo blanco. Yo creo que en alguna casa impresentable del barrio de Salamanca aún deben existir. En Akihabara el disfraz está adaptado a gustos del raruno moderno: la falda es muy corta y con canesú, llevan calcetines largos hasta por encima de las rodillas y en la cabeza... lucen unas orejitas de conejita. Sí, como suena. El caso es que llegamos al barrio y decidimos meternos en uno de estos cafés, más que nada por mi espíritu routier y dedicación vital a este blog. Hay que pagar una cantidad por hora (no demasiado) y te puedes tomar lo que quieras, pero algo ha de ser y, aunque ofertan desde cerdo rebozado hasta ramen, la mayor parte de la gente toma una copa de helado o un pancake.



Pero antes de eso: hay una maid en la calle captando al personal, te sube en un ascensor, y ya sales en un cuarto no muy grande, donde hay sitio como para 20-30 personas máximo. Hay una bola de discoteque, un mini-escenario y un bar. La fauna es clara: turistas que se miran unos a otros alucinados, y un par o tres de tíos solos en sus mesas, mirando, muy serios, todos con sus orejitas de conejo. Porque las maids son todo monería e infantilismo, hablan con voz de pito, y te dan las orejas según entras. Una vez allí, o te metes en su enloquecido ambiente, o apaga y vámonos. Cuando te traen el helado hay que decir con ellas "cute-cute-delicious!" (mono mono delicioso!) y hacer la forma del corazón palpitante con tus manitas. Ellas te decoran el helado o pancake con más sirope ultradulce y tú permaneces en estado de perpetua perplejidad, especialmente enfocada en los dos o tres fulanos que se han ido allí solos a disfrutar del espectáculo. A ver, venimos de un antro donde ejecutivos juegan al excalestric con máscaras: nada nos debería extrañar. En un punto sale una de ellas al escenario y baila una canción increíblemente moñas (podría ser las que canta Micky Mouse en la cabalgata de Disney-watch this space), así como dando saltitos y moviendo los puños cerrados alrededor de la cabeza. Todos aplaudimos con nuestras orejitas y la que está verdaderamente en su salsa es Mini (junto con los 2-3 rarunos). Nos hacemos una foto con la maid que, en un punto a media conversación se le olvida poner el falsete y le sale una voz como de Manolo, pero vuelve sin dificultad al falsete cuando ve que las orejitas de Mini se empinan, como haría un buen perrito confundido.


A la hora de reloj somos escupidos a la noche de luz y sonido que es, no las galas de verano de Tele5, sino Akihabara. Y las noches se me mezclan ya en una y no recuerdo si esta es aquella en que decidimos poner freno a la bollería industrial de desayuno, y compramos para hacer tostadas. Y si es la del comprometido incidente en el Starbucks local: de eso mejor no quiero acordarme....

4 de abril de 2016

Vuelta a Tokio. Campania adopción de esos limpiadores (J18)

5 divagues
04.04.16-Tokyo

Nos despertamos en la habitación-cama del hotel Excel, donde nos tomamos nuestros tés. A la salida, en el masivo hall (compensan por lo que falta en las habitaciones) logramos imprimir las entradas de Disney porque... sí, como lo habéis leído, nuestros últimos cuatro días en Tokyo incluye uno en el parque.


Volvemos de paseo hacia la estación de Hakata, ya nuestra segunda casa. El río de Fukuoka está espectacular, con todo el sakura estallando y los tulipanes a los lados. En Hakata nos dividimos en dos grupos logísticos: uno, liderado por el Peda, se va a Starbucks a coger tés para llevar y dos, liderado por Mini (ehem, por mí) que nos hacemos con unas pinzas y una bandeja y seleccionamos lo que va a ser nuestra (saludable) alimentación para el día de viaje en tren que nos espera. Nos hacemos con una variedad entre salado y dulce: una bomba en todo caso.


Es el viaje de tren más largo que vamos a hacer, y estamos insalivando: lectura, blog, más lectura, mirar por la ventana, tal vez interaccionar con algún pasajero, explorar... Cuando planeamos el viaje sopesamos volar, pero al final optamos por darnos "la paliza" (el gusto) de ir en Shinkansen, aunque perdiéramos gran parte del día. Fue un acierto porque, como siempre, no se hizo nada largo: a las 12:08 partíamos hacia Shin-Osaka (2 horas y media), donde teníamos 30 minutos para cambiar de tren, y luego otras tres horas hasta Tokio, donde llegamos a las 18:30. Volando, metafóricamente. No nos dió tiempo para hacer todo lo que queríamos (o no estaría yo escribiendo esto un mes más tarde), pero sí para comernos toda la bollería industrial que traíamos de Hakata.

Estación de Tokio, y es plena hora punta: cambiar de trenes y hoy se nos acaba también el Japan Rail Pass, con el que hemos viajado dos semanas. Como Tokio está surcada por trenes (además de por metro), si viajas en el sistema trenes puedes aún usar el Rail Pass, que es lo que hacemos, y en tren llegamos hasta nuestro nuevo barrio: Akihabara.


Para las últimas cinco noches en Tokio decidimos "splash out", lo que viene siendo en castellano soltarnos el pelo. Los alojamientos que habíamos usado estaban, el divagante que ha leído lo sabe, basntante bien, pero este tenía ese extra chic.... más que nada porque había poca cosa para esos días, y lo más barato daba bastante pena. Nuestro alojador (airbnb) nos contactó un día a mitad de viaje diciendo que había tenido un porblema con los inquilinos del piso que ibamos alquilar (en otra zona, Roppongi Hills) y que no podríamos usarlo. Pánico. Pero que tenía otros dos pisos y que ya nos diría. Por fin un día nos escribió para ver si nos importaba esta otra zona y no, venga, casi pilla mejor porque está más al noroeste, más de camino hacia el aerpuerto de Narita.

Akihabara es la zona de la tecnología (si es que eso se puede decir de Tokio, donde todos los múltiples "centros", articulados alrededor de estaciones de tren/metro, son todos flash y fosforito) , donde hay muchas tiendas de ídem. Al llegar a la estación, nos encontramos con la ciudad que nunca duerme de nuevo. Konnichiwa Tokio.


Seguimos las instrucciones, y a 5 minutos, dejando el bullicio de los restaurantes en la calle de la estación, encontramos por fin nuestro edificio. Pinta bien, moderno, y en el buzón, tras meter el código, encontramos la llave. Estamos en el piso 8, y al entrar: WOW, qué chulada de piso. Grande, para los estándarares jaoneses, con todo decorado a la última, espejos, cojines... lujo asiático. Aún estábamos ohhh, ahhh, mira esto, cuando descubrimos dos camas sin hacer (una en un cuartito pequenio y una d elas dos grandes que están en el salón: hay un curioso sistema de puertas correderas que separan estancias, y auqnue parezca raro un salón con camas, en Japón esto no llama ya la atención). Vamos al banio y hay una toalla usada, y entonces nos damos cuenta que no han limpiado el piso. Parece una tontería, ahora mirado así de lejos, pero en ese momento nos da un medio bajón: es una sensación rara, como de estar entrando en la intimidad de alguien. No sé, extranio.


Como hay wifi portátil ya puedo contactar inmediatamente al duenio, que se muestra muy disgustado y que culpa a la compania de limpieza. Al poco rato aparece una chica que tiene, la pobre, la sumisión y la reverencia japonesa elevada a la enésima potencia en lo espeso de la sangre, y se disculpa muy sonriente ad nauseaum. Es imposible enfadarse con ella, quién sabe quién no ha mandado a quién a limpiar, o incluso si se ha liado ella misma. Nos vamos dejándola alli, con la llave, craso error.


Nos vamos a cenar, mientras tanto a un "Co Co Curry": se trata de una cadena de restaurantes indios que según el Peda recomienda la guía, claro que otro día acabamos en un "Go Go Curry", a saber cual es la orginal. Aquí dan un cerdo rebozado con arroz y salsa curry. Son las 23:00, el sitio está a rebosar e incluso a Mini le gusta el curry. Todo muy rico y, tras pasar por el Seven Eleven a por leche para el desayuno, volvemos al piso, que esperamos esté ya limpio.


Al llegar imaginamos que ya ha terminado pero... oh destino! No hay llave en el buzón. Llamamos y nadie abre. Cómo, por Tutatis, hemos sido tan bobos de dejarle las llaves a esa chica sonriente reverenciante que seguro tiene la cabeza de chorlito? Pensamos lo peor: se la ha llevado con ella, vive en unas afueras muy lejanas, y nosotros allí, con una ninia a medianoche en Tokio. Llega un vecino y nos colamos con él dentro del edificio: el vecino no hace preguntas. Nos sentamos en las escaleras y escribo al duenio, que debe estar llorando en su casa cuando el móvil de hace ping con emails míos.


Que enseguida me llama. Que la chica está en la lavandería. Que (reverencia por teléfono), siente mucho que se haya llevado la llave. Que va a cambiar de compania de limpieza. Esperamos un rato más y por fin aparece la chica, cargada de bultos, y con un tipo. Se trata de un japonés trajeado, con un portátil abierto, y que hace aún más reverencias que ella. Los dos parecen movidos por un motor: y venga a hacer reverencias y lo sienten, y él con el portátil y todo en las manos revenrenciando. No nos echamos a reir porque sería rudo, pero son una pareja cómica: hiperactivos, y hablan a la vez algo como si fuera "mi mi mi mi mi", y sonrisa, y reverencia... y en estas que se ponen a cambiar las sábanas (que traían de la lavandería), y a terminar de arreglarlo todo, y los miramos así como con la cabecita ladeada y mi conclusión es que son super-sweet. Entre pitos y flautas, nos dormimos a las 2 am.


Mi siguiente pling para el duenio es un email en el que insisto en que no cambie de compania: esta gente han hecho un trabajo de limpieza espectacular, pobrecitos, no los eche. El duenio debe pensar qué mocas les ha picado, pero solo dice que gracias, pero insiste que un "representante de la compania" vendrá personalmente a ofrecer sus disculpas. No hace falta, en serio: pero estamos en Japón.

3 de abril de 2016

Se nos acaba Kyushu (Fukukoa J17)

4 divagues
Este parón está siendo mortal: hace ya casi tres semanas que volvimos de Japón, y me parece todo un sueño. Han sido semanas de órdago en el trabajo, y en la vida, y en el trabajo que ha salpicado la vida y las cosas diarias de las que suelo divagar y que se me acumulan (Shakespeare y Suffolk, The Dubliners y paellas, bobbies en casa y bricolaje, cumpleanios y cumpleanios). Total que miro las fotos de este día para refrescar mi cabeza, y el diario del Peda, y temo que los divagues no me vayan a quedar como antes: veremos.

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03.04.16: Fukuoka
Nos despertamos en el bosque y desayunamos por todo lo alto junto a la estufa. Hoy volvemos a Fukuoka, se nos acaba Kyushu. Para cerrar el círculo, pensábamos volver en otro de esos trenes míticos de Kyushu, el Yufuin No Mori Limited Express (me encanta esto último, me suena a peli en blanco y negro), que une el pueblo de onsens Yufuin con Fukukoa via una zona de paisaje impresionante. Como siempre, el bus de Kurokawa Onsen salía a una hora incompatible con coger este tren, así que asumimos que viajaríamos en otro, pero Shinó y Junya dijeron que "iban a ir a Yufuin de todas formas a pasar el domingo y hacer compras", y nos llevaban. La amabilidad de esta gente es increíble: da que pensar cómo están dispuestos a dar su tiempo de esa manera, comparado con el frenesí de Londinium donde todos corremos y para quedar con amigos hay que arreglarlo con dos semanas vista. Esta gente ha pasado tiempo con nosotros simplemente porque deben valorar
conocer gente de lejos, y son generosos y ayudar es algo que se hace porque sí. Con estas reflexiones nos metimos todos en su monovolumen (4 adultos, 4 ninios) y, a través de las montañas de la zona nos dejaron en la estación de Yufuin. Como no quisieron aceptar ningún yen ni siquiera por gasolina, Mini les hizo un dibujo y escondimos dinero entre los papeles, dándoselo cuando nos separamos. Ellos tenían regalos para nosotros: un pequenio trapo con famoso grabado de guerrero japonés, un abanico, y un espejito típico. Nosotros, evidentemente, no teníamos regalos para ellos, pero yo me fui decidida a mandarles una de esas cosas horribles que le compran en "Crest of Londinium" ("El mañico" londinense), por ejemplo un marco de fotos con el Big Ben o el Tower Bridge en un lado, con la foto de grupo... Claro que para ello tendré que asegurarme que Junya me dé una dirección postal: recordemos que aquí nunca nadie sabe donde está nada, así que dudo que correos y telégrafos sepa adjudicar una dirección a un cartero, y que este sepa a su vez encontrar la casa del bosque. Sobre su casa de Kumamoto, no sé que pensar: en las fotos que envió se la ve inclinada tras el terremoto, si es que es esa su casa. Con ellos estamos permanentemente "Lost in translation".


En Yufuin tenemos una media hora para tomarnos algo con unos rollos típicos japoneses: de chocolate, crema, y el tercero es verde: de té verde, claro. Es el peor, entre nosotros. Tambien asaltamos Lawsons (son como los Seven-Eleven, "tiendas de conveniencia" que decimos en UK) para un viaje insaludable (bollería, patatas fritas) en el tren verde que recuerda a una peli antigua.

El viaje es bonito, el tren también. Se pasan ríos de montania con grandes pedruscos y demás parajes idílicos. El Peda y Mini se van al vagón buffett (gran highlight, a juzgar por la fila) y vuelven con cerveza y chips. Dos horas. Cuando llegamos a Hakata (la estación de Fukuoka), sorpresa: no llueve.

Caminamos al hotel. El Peda ha anunciado a bombo y platillo que esta vez no vamos a "boutique hotel" (recordemos el de die-hard mochileros), sino a uno de postín. esto, conociendo a los Pedalistas hay que tomarlo siempre con precaución: con lo que estamos dispuestos a pagar por noche, no van a atar los perros con longanizas (a saber cual sera el equivalente cultural japonés de esta frase). El hotel se llama Excel y está frente al río, que es muy bonito porque hay sakura a rebosar (creo que es la mayor sakura que hemos visto hasta hoy en un ciudad en Japón) y porque hay miles de tulipanes de colores en las orillas. Muy fotogénico. Pero esto lo descubrimos en el paseo de después, porque vamos por unas calles en principio más directas y pasamos por un par con tiendas de cacharrería "Adult". Cerca del hotel, y ya en el río, hay unos establecimientos con nombres tipo "gachinko-doll.com", y aclaran: "sensuality space". En el pasillo de la puerta hay un burro de tienda con disfraces de criada antigua (negro, delantal y ribetes blancos) pero el hombre de la puerta me mira mal cuando intento fotografiar. Ahora me acabo de meter en su web, y tampoco invita a entrar. Mare mía con los espacios de la sensualidad...

Efectivamente, el hotel es una mole muy impresionante (de esos con un hall de wow), y está bien, pero la habitación es minúscula: prácticamente es una cama gigante que ocupa toda la estancia. Oh no, dormir con Mini, que corre la maratón en suenios. Nos sorteamos la mala suerte de quién dormirá en el centro, porque Mini, que se postula, claro, va a ser que no (para que se pierdan dos casas, que se pierda una/para que no duerman dos, que no duerma uno). Va a ser que me toca a mí.

Pero aún falta para eso, mientras tanto, nos duchamos, tomamos un té, admiramos las vistas desde la planta.. no sé, 11? Y cuando bajamos a pasear por Fukuoka, el mundo vuelve a estar en su lugar: llueve. El hotel presta los famosos paraguas transparentes, y sí, hoy va a ser el día que nos podamos hacer fotos "Singing in the rain" con los almendros en flor enloquecidos, los tulipanes, y el río. Pasamos por un edificio bonito, que tiene un jardín vertical que más bien parece un principio de jungla vertical, y mucho mejor que aquellos que son simplemente de mirar: este parece interactivo, con terrazas. Intentamos acceder, subiendo en un ascensor que da a pasillos de oficinas, y preguntado a unas senioras de información, que indican cerrado y que quieren saber de dónde venimos, para sus estadísticas. Siempre digo "Spain", y Mini se apresura a decir que ella es british, y que pese a ello "no es adoptada", para explicar la diferencia.


De paseo por el centro de Fukuoka, calles modernas de tiendas, nos encontramos con un Big Echo, un ejemplar de la gran cadena del karaoke japonés, que hemos visto mil veces pero que nunca ha sido el momento adecuado de entrar. Pero ahora aún falta un rato para cenar, así que nos metemos una hora. Nos dan una habitación en la primera planta, y al principio tenemos algunos problemas para aprender a programarlo. Primero hay que encontrar la versión en inglés, y luego intentar no emocionarse poniendo canciones en la lista de espera porque no sabemos borrarlas. Alternamos Mini-DJ y sus padres-DJ: Taylor Swift, Katie Perry, One Direction, Megan Trainor, del lado Mini. Como está el Peda a cargo de la aportación viejuna, y a falta de Barricada y Kortatu, aniade, a lo loco, alguna canción que los expertos del karaoke sabemos son un killer (que una canción te guste no implica que sea apropiada para karaoke como hemos explicado en el divlog hasta la saciedad), por ejemplo "American Pie", que no solo dura casi 9 minutos, sino que tiene sus trozos incantables. Y además, al terminar, comienza otra vez!!! Tenemos que llamar en busca de ayuda: una asistente sube y debe ponderar qué música cantan estos romanos... En otro punto nos volvemos a atascar y he de bajar a recepción, toda soduda (así decía Mini "sudada" hasta hace poco, problemillas del bilinguismo, y la hemos adoptado), porque nadie sube. Qué imagen: el recepcionista está atendiendo a una pareja joven de japoneses que van a pasar una hora cantando tal vez en su primera cita (fantaseo), o es algo que hacen regularmente en sus citas. Un planeta distinto. Ellos deben pensar quién es esta turista cuarentaniera toda soduda e impaciente.


Nuestra sesión, pese a todos los pequenios inconvenientes, es un rotundo éxito: a Mini le encanta (aj, cuántos anios de diversión me esperan de ahora en adelante) y el Peda, que se hace la esfinge (estado basal), pone su mejor cara de rock and roll en las fotos, lo que implica, os lo aseguro: triunfo total. Vagamos por las calles, ahora sí, en busca de cena. Lo típico de Fukuoka, según dice la guía son los yatais, unas camionetas-cocina que deben moverse por la ciudad, y que aparecen por las tardes-noches a la orilla del río, en la zona entre nuestro hotel y una mole de centro comercial llamado "Canal City". Viene a ser lo que en Londinium llaman "pop up", yo lo traduzco como setas que salen con diversos servicios por la ciudad, pero quién sabe cuánto durarán.

Intentamos elegir un yatai, pero el recomendado en la guía se resiste: sus nombres están en japonés, y
uno que nos quiere captar no dice que aquel que buscamos está de vacaciones. Cómo puedes saber si será así. La gente está sentada comiendo entre vapores alrededor de la cocina central, bajo plásticos, y llovizna. El espíritu del viajero intrépido: es uno de los pocos sitios que vemos occidentales en los últimos días, Kyushu es para los turistas de tercera generación (aka Los Pedalistas). Nos sentamos en uno, pero una vez allí, vemos tripas, la especialidad. Tras un nanosegundo nos levantamos: entre los vapores tal vez pasemos desapercibidos.

Acabamos en el "pasillo del ramen" ("lámen", como dicen ellos) de Canal City. Tal como en Kyoto, el centro comercial ultramoderno (oh, los banios eran espectaculares aquí, con la tapa verde lima que

se abría sola cuando entrabas al cubículo, y mil botoncitos) tiene una zona por las últimas plantas, donde los techos se bajan y parece que estás en los, valga la redundancia, bajos fondos. No hay un solo occidental (gran senial) y nos metemos en un sitio donde cenamos lo de casi siempre, muy rico: ramen, gyoza, arroz... tristemente constato que cada vez el ramen me deja más llena, como hinchada de estómago (y eso que Mini se suele comer gran parte de mis fideos, porque aún no se ha atrevido a pedir un ramen para ella sola). He llegado a mi tope de ramen? Mi cuerpo ha dicho vale?


Con el estómago como si saliera de una boda gallega llegamos a la habitación-cama del hotel, donde me tomo un té verde, divago, y me preparo para una noche durmiendo entre alguien que hace break dance en suenios y una mole inamovible en decúbito supino. Deseadme suerte...


2 de abril de 2016

Pueblos de montaña. Aguas termales. "Hombres casi". Estudio: el pene japonés (Kurokawa Onsen, J16)

11 divagues
02.04.16-Kurokawa Onsen


Abro un ojo, me pregunto dónde estoy. Muevo un poco el edredón, miro el techo: podría ser cualquier sitio. Giro la cabeza y veo una ventana corredera con cuadritos de madera que rompe la lona blanca. Hay otras ventanas iguales detrás de las camas, y más al frente, y al lado del Kotatsu: es una habitación rodeada de ventanas menos en un lado. Estoy en casa de Junya y Shino, cerca de Kurokawa Onsen.


Hace frío cuando salgo del edredón: la estufa de aceite que funcionaba por la noche tiene un termostato y está apagada. Entonces corro una de las ventanas y me encuentro con árboles que se meten en la habitación. Voy a la pared de enfrente y abro la otra, y la otra... estamos en medio de un bosque. Qué ilusión. Alguna vez pasa eso de que te vas a dormir de noche y no has visto dónde te vas a despertar, y cuando la sorpresa es como esta, es genial.

Abro la puerta corredera, me pongo las zapatillas, cierro la puerta corredera. Me giro y abro la siguiente puerta corredera, salgo y la cierro. Estoy en el pasillo de ventanas de listones que descubrí anoche (las de nuestro cuarto tienen cristal, cuando mueves la parte que se corre sobre la otra, estas no), así que doy cuatro zancadas hasta el baño porque hace mucho frío. Antes de entrar, hay que cambiarse las zapatillas de casa por aquellas especiales de baño (como en tantas casas y hoteles japoneses). Es todo curioso y, hoy, maravilloso.

Tomamos un té en la mesa donde ayer pasamos tanto rato, y entonces viene Shino haciendo gestos de volante. Junya se ha ido a trabajar, pese a ser sábado. Es mecánico de coches en Kumamoto. Shinó nos lleva a Kurokawa Onsen, y nos deja en la plazoleta de información, donde nos irá a recoger al final del día, cuando le pongamos un email a Junya.

Kurokawa Onsen es un pueblecito de montaña lleno de onsens (aguas termales). Tiene un río en cuyas orillas han crecido hoteles con onsen y creo que onsens sin hotel (para los que estamos en Junyas, caravanas y lossintecho-Nota: no tomarse esto literal, no he visto caravanas por estas montanias, parecen gente con dos dedos de frente). Según dice eldellibrodejuan, "a los japoneses no les llama irse de vacaciones a la playa: sus hobbies son comer e ir a los onsen". de ahí el éxito de pueblos como Kurokawa.


Para mí pueblo de montaña siempre será sinónimo de exotismo y sentirme muy muy lejos de todo. La razón es clara: toda mi infancia la pasé veraneando en el pueblo de la Yaya en el Pirineo catalán. Hace unos 8 años que no vuelvo por allá, pero la última vez había cambiado mucho: está lleno de torres-segunda residencia de la burguesía barcelonesa, incluso alguna zona en las afueras con terroríficos adosados. Cuando yo era pequeña, estaba el pueblo viejo empedrado que subía por calles estrechas hasta la plaza de la Iglesia, toda con arcos. Una de esas calles era el Carrer de l'Amargura-por lo que costaba subirla con nieve, decía la Yaya-, y al principio está Cal Patanó, la casa de unos familiares que, en tiempos fue una fonda donde se alojó Gustavo Adolfo Bécquer cuando se estaba curando de su tuberculosis en las montañas, y allí, en una mesa de madera larga, me dijeron que escribió "La cruz del diablo". Luego estaba la parte baja, por la ermita de San Roc, que iba a parar al Segre, y por allí había unos chalets impresionantes (fue mi primer contacto con la desigualdad social, supongo).

Nosotros nos alojábamos en Casa Juan. Si lo piensas, era un primitivo Airbnb: Juan era un conco (solterón de unos 50, así los llaman en ese pueblo, donde había muchos y muchas) que vivía solo, y desde hacía muchos años alquilaba la casa a mi familia, pero él venía a dormir. Juan tenía unas botas de agua verdes que le llegaban hasta bien pasadas las rodillas, y su trabajo estaba relacionado con esas botas, algo de acequias, o de río, o de esclusas. Nosotros tomábamos la casa (otra "Casa Tomada") por todo el verano: yo me quedaba con la Yaya y el Yayo, y mis padres subían los fines de semana. El viaje "a la montaña" era siempre épico: costaba muchas horas, y había ciertos rituales, como parar a comer un bocadillo en el Pantano de Oliana, o parar en Els Banys de San Vicenc para que la Yaya diera un trago a las aguas sulfurosas que bajaban por la roca y nos contara que iba allí mucho con su padre en la época de "La montaña mágica" o así. Yo nunca estuve, pero tras meterme en su actual web... me han dado ganas. Luego venía Martinet, para cuando yo ya estaba totalmente mareada y mi padre cabreado como si fuera mi culpa (y no la suya, o la de los hados) y por fin, el puente del Segre, los prados y al fondo, la torre de la iglesia en la cumbre de la montaña donde está Bellver.


Pero divago: todo esto era por lo míticos que me resulta siempre los pueblos de montaña, el ruido de las aguas de sus ríos, la madera de sus casas, los bosques: todo. Así es Kurokawa Onsen y a mí me daba miedo que iba estar lleno de gente y superexplotado. Pero no: ni mucha gente pese a ser sábado y todo en concordancia con lo que debe ser un pueblecito de las montañas que, por una vez, no son el Pirineo ni los Alpes, sino las montanias de una isla volcánica en Japón.


Te puedes sacar un vale por tres onsens, y te hacen un descuento. Decidimos no hacerlo, porque con Mini nunca sabes si va a ser lo suyo. Vamos en busca de una panadería, y vemos que hay negocios cerrados: yo pensaba que en esta época era temporada alta, pero no. Bien. Enfrente de la panadería hay un pequeño templo muy mono, con todos sus aditamentos que ya habréis olvidado (fuentecita donde purificarse, tablitas con deseos, papelitos con más deseos anudados, inciensos). Al otro lado, unas especies de cajones de madera en una elevación, donde vemos que la gente mete la cabeza: resulta que sale vapor del volcán y debe ayudar a abrir los poros.


Nuestro primer onsen es el más recomendado por Junya y Shino: Yamamizuki. Nos subimos en un bus que pasa cada media hora y nos lleva hasta allí, porque está enmedio del bosque, algo separado del pueblo. Es también un ryokan donde la gente se queda: qué será pasar una semana allí haciendo absolutamente nada? (A ver, yo no puedo hacer eso, mi hiperactividad me lo impide, pero por "nada" me refiero bañar, leer, escribir... mmm). Dejamos las cosas en una taquilla y, cómo no, tenemos que comprar una "toalla de modestia". No tenemos: quiero decir, no tiene, el Peda NO tiene. Porque pese a ser el único que se ha traído una toalla de baño todo el camino desde la vieja Europa a Japón, se la ha dejado en casa de Junya. Mini y yo llevamos esos fulares gigantes que a todos nos han traído alguien de Marruecos o Tailandia o Estambul, fulares que tanto sirven para un roto como para un descosido: yo por ejemplo en Japón los he usado de bufanda, de echarpe (recordad, apretaba el frío), de burka, de funda de almohada... bien, pues su siguiente función es la de la "modestia". Porque sí, babies, estos onsens no son como el privado de Gora, estos son públicos y esencialmente estás en pelotas con otra gente. Los Yamamizuki son segregados, así que nos despedimos del Peda, y Mini y yo nos vamos por nuestro lado.

Avanzamos por una caminito hasta una caseta donde dejas tu ropa en unas cestas y enfrente ya tienes el lago donde hay unas 4-5 mujeres. Es precioso, tiene piedras enormes a su alrededor, cae un chorrito de agua del volcán (a esa zona, mejor no acercarse, estamos hablando de 80 grados) y de fondo tienes el río con ese sonido maravilloso, y los árboles y seguro que algún pájaro que haría las delicias de cualquiera menos yo. Mini cuando llegamos freaks out y dice que "no le apetece". Como la conozco como si la hubiera parido (y fue cesárea) le digo que no se preocupe por lo de estar en bolas: es totalmente natural, nadie nos va a mirar y esas cosas. Se anima.

Como en todo onsen, hay que ducharse exhaustivamente antes de meterte al agua. Las duchas están en otra casita al lado del río a la que se accede por un sendero. Mini y yo vamos medio dando saltitos (no se le puede llamar correr), cubiertas con nuestros fulares. En la casita de la ducha hay dos onsens más interiores: se trata de dos piscinas con vistas al río, con su cascada, todo muy bucólico. Hay un grupo de amigas en una de ellas y con Mini nos vamos a la vacía. meto un pie y... arghhh! Quema! Siempre digo que a mis pies les cuesta adaptarse, pero probamos varias veces y no hay manera: soy San Lorenzo. Entonces las chicas de al lado se van y Mini y yo pasamos a esta y es otra cosa. Aquí se puede estar. Pasamos un rato allí, una maravilla.

Por fin salimos a la exterior, estamos solas. No se puede hacer fotos del lugar, y es una pena porque se me acabará olvidando. Estamos un montón de rato. Mini sale y juega con esas gomas que no borran, pero que se pueden hacer combinaciones reposteras (poner la fresa en el pancake en lugar de la tarta, y suma y sigue). Yo soy la compradora, cuando me rescata del trance. Como estamos solas, hay una rato que estoy medio flotando en horizontal: ya no se siente el fresquito de fuera. Pese a no hacer mucho sol y estar en zona boscosa, a la noche me doy cuenta que podría haberme quemado: paradojas! Mini por supuesto pierde una bola de helado de su set entre dos pedruscos de aquellos. Intentamos sacarlo con unos palos improvisados, pero no. Por fin viene una mujer de unos 60 que la ayuda. Todo el mundo en este onsen, y de hecho en Kurokawa onsen son japoneses: no vemos ni un solo occidental.

Del onsen sales como flotando, muy relajada. Hemos quedado con el Peda que ha estado las casi dos horas solo, y cambiamos impresiones. Volvemos al pueblo en el shuttle y decidimos que el siguiente va a ser mixto. Pasamos por una tienda a comprar bebidas y snacks japoneses (vienen en bolsas como patatas fritas, pero a saber qué son). Nos sentamos en un camino para comerlo, al lado de una casa con campo y tractor, de fondo la montaña con todos los mismos arboles paralelos con tronco fino y muy altos.

Vamos a nuestro segundo onsen: tenemos una guía con las distintas características, y las recomendaciones de nuestros alojadores. Vamos a Yamabiko Ryokan, porque dicen que es mixto. Una vez que hemos pagado nos indican como pasar separados y es que lo han cambiado y son segregados. Les digo que el Peda "se aburre" solo, y como son tan amables, con una sonrisa nos devuelven el dinero y con los bártulos a otro sitio.

Hay otros que están cuevas, al lado del río en el centro, pero entro un momento y son demasiado pequeños, y con bastante gente entre el vapor (no entiendo el que pudiera entrar uno como pedro pro su casa en estos onsens, no sé si traspasé alguna entrada; solo se que me dio pudor el estar vestida con los otros desnudos, es intrusivo). Así que al final vamos a Ikoi Ryokan.

La impresión que me da este onsen fue muy distinta a la del anterior, en el bosque, donde todo era fuera. Aquí estás dentro de un hotel que se siente como un teatro de geishas, con múltiples pasillos y escaleras y puertas y escondrijos: casi un laberinto de madera. Al entrar están los típicos onsen-tamago (huevos duros en una fuente de agua del onsen) y en recepción me aseguro que los baños son mixtos. La recepcionista me mira con un brillo de terror en sus ojos, y añade: sí, "mixed, men almost". Y repite: "mixed, men almost": "mixtos, hombre casi" (se traduciría), yo ya entiendo que en los mixtos son "casi todo hombres". Aún así, qué narices: somos una familia, y esta gente no me va a ver en su vida más. No soy particularmente exhibicionista (a ver, tienes un blog, cacarearán los divagantes-me refiero a tema físico, cansinos) y no elegiría ir a una playa nudista. Pero si una playa maravillosa fuera solo nudista, me quitaría el bikini como la más hippie del cámping. O sea: porque no se aburra el Peda, lo damos todo!

Dejamos todo en taquillas y nos vamos al principio a la parte de solo-chicas, que está arriba. Hay un primer onsen bastante profundo (ninguno te cubre demasiado, pero este llega al pecho) que tiene un tronco de bambú atado a unas cuerdas, y te puedes abrazar y columpiarte. Bajando por unas escaleras llegas a otro más grande, con cascaditas. Estamos solas. En el columpio hemos estado con 3 chicas sonrientes. Llega el momento de ir a buscar al Peda, de pasar por fin a la zona mixta. Nos ponemos de nuevo nuestros "fulares modestia" (que a estas alturas están no mojados, sino lo siguiente) y nos lanzamos a buscarle. Seguimos por un pasillo y acabamos en unas escaleras: sabemos que hemos de ir para abajo pero, oh destino: clicks y clacks típicos de una cocina. Atrás Mini! Recordemos que vamos ambas en bolas, con la fiesta de los fulares mojados encima. Volvemos al pasillo y nueva comedia de enredo, es por aquí, no por allá, unas nuevas escaleras, bajamos de puntillas y nos encontramos de bruces con... la recepción.

A la pobre mujer aterrorizada del "almost men" casi le da un yuyu cuando nos ve por el medio de recepción, mientras intentaba realizar su trabajo con clientes normales. Sale atoda prisa y se nos lleva por otro pasillo, con el gesto aquel del brazo (a lo Lina Morgan: "gracias por venir") y nos deposita en la puerta de los baños "almost men". Menos mal que son una cultura inexpresiva: esta mujer en Italia directamente nos da con el rodillo.
 
Abrimos las correderas. Zona de zapatillas. Cerramos las correderas. Nuevas correderas, sección cestas donde han dejado la ropa. Cerramos las correderas. Abrimos las últimas correderas que esperamos lleven ya al onsen-almost-men y al Peda. Salimos por las correderas, cerramos las correderas. Miramos.

No hay ni una tía. Hay varios tíos en pelotas, incluyendo el Peda, que se estaba saliendo del agua, ya aburrido (no le dije yo a la recepcionista que si no se aburre?).

Es una estancia bastante grande: al fondo hay una cascada y cubre muy poco. De allí nace como un riachuelo que termina en una piscina bonita más grande con un chorro-cascada que cae el centro. Dejamos nuestros fulares en al orilla, y nos metemos.

Allí en el agua recuerdo a Fashion, que me contó cómo las japonesas "alucinaban pepinillos cuado vieron mis tetas" cuando estuvo ella en un onsen. Básicamente, las japonesas no tienen tetas de las que hablar, así que cualquier cosa les parecerá algo. Sobre mi pequeña investigación, aportaré a la comunidad científica de divagantes que los japoneses (o tal vez solo los míos) no andaban muy allá en tema pene (me disculparéis, yo también querría poner "polla", pero me lee mi suegra). Es más, yo diría que andaban outliers, muy muy a la izquierda de la campana de Gauss. En esa estaba cuando uno se nos aproxima y empieza a hacer conversación: que de dónde somos, que porqué Kyushu... él era norteamericano (aunque oriental). Mi teoría de que los americanos son muy amistosos (recordad cómo nos hablaban en los Starbucks en los USA) se confirma hasta en un onsen en bolas. Oh, olvidaba que también había en un lateral sauna (tengo muy poco aguante, ni entré), otro onsen más pequenio y plunge (de agua fría). No sé si tiene paramedics, pero sugiero que los necesitan.
 
De nuevo salimos tan flotando que así deben ser las drogas. Nos cruzamos con una familia, todos vestidos con las yukatas de onsen, incluso una baby de como 2 anios. Enternecedor. Pero no hay tiempo de poesías: tenemos hambre. Y como suele suceder, no hay donde cenar. "Abren a las 8" o "tienen que reservar" o están directamente cerrados. Acabamos en uno que tiene habitaciones individuales con una especie de grills donde te cocinas tú la carne. Exacto: justo lo que necesitas cuando estás que ya directamente te merendarías a la (tierna, ponderas) niña de la yukata. Pero sobrevivimos, y vamos pidiendo más y más carne: la ternera, que no será de Kobe pero lo parece está buenísima. El Peda nos cuenta que les dan cerveza a las (sortudas) vacas. Yo les cuento que el secreto son las líneas de grasita que la recorren, como en el jabugo. Y entretanto, ya hemos maileado a Junya. y cuando subimos por las calles empinadas a Información, al poco ya llega Shinó con los niños.

Pasamos por una tienda en la gasolinera para comprar pan y cosas para el desayuno.... yo estoy ya fantaseando con la velada, porque me veo en aquella mesa, con aquella estufa, tomando tés, comiendo galletas y divagando...

Y eso es lo que hacemos. Y unas fotos con todos cuando llega Junya. Y por fin nos vamos a dormir, esta vez sí, sabiendo que estamos enmedio de un bosque...