15 de agosto de 2017

LaJonquera-Ciudadjuárez y Besalú, festival medieval (Pir5)

11 divagues

Hoy es día 15, "la Virgen de Agosto", que se llamaba antes, y casi todos los pueblos de la península están de fiesta. En Céret nos despertamos con el voltear de las campanas maravilloso, que llena la habitación junto con el solazo cuando abro las ventanas y las contraventanas. Es una imagen que espero guardar para siempre,  pura alegría. 



Antes de despedirnos de este pueblo, vamos a dar un último paseo: la gente sale de misa y el cura cambia impresiones con los feligreses. Entramos en la iglesia, que se está vaciando, y Mini se sienta en el último banco mirando todo con curiosidad. La de horas y horas que yo ya había pasado a su edad en recintos como este, sin entender nada, aburrida perdida, desconectando. Me alegro de que no vea un conjunto escultórico, llamémosle así, de la Virgen muerta, con angelitos obesos alrededor. Nunca la había visto así a la pobre María. También, bajo el órgano en el coro, hay una enorme bandera catalana. Pienso en el libro que estoy leyendo ("Sapiens"), en el que se habla de las historias, todas inventadas, que nos contamos. Esas historias son tan potentes que son las que nos hicieron pasar de ser animales mediocres dentro del Planeta Tierra a dominarlo. Yísus, Espania, Catalunya. Buf. 


Vamos a despedirnos y a dejar las llaves a Paul. Dos de sus hijos adolescentes pasan por ahí: fueron rescatados del frenesí de la isla para vivir en este pueblo. Qué van a hacer? Uno creo que va a enseniar inglés a los franceses. Adieu, Céret. 






Nos dirigimos hacia el sur, volvemos.  La Jonquera: qué lugar atroz. La calle principal es como una versión cutre de como recuerdo Andorra (y es mucho decir). Flashbacks de la aduana, cuando era pequenia, "había que declarar" si comprabas un transistor. Te metían la mano en el bolso, te hacían abrir el capó. Allí me compraron, creo que en el verano de 4 de EGB mi primer walkman. La primera vez que había usado uno fue precisamente aquel verano en Bellver: Judith, una amiga me puso los cascos y es algo que nunca olvidaré: me sentí como enmedio de un auditorio, maravillada. Se lo dije y riéndose comentó: "no grites!". Hoy no se tiene de nuevo esa sensación, porque estamos tan acostumbrados y los ninios ya crecen con cascos, pero para mí el walkman fue muy especial. 

 Pasamos un rato intentando atravesar la calle porque el tráfico pasa por en medio de las tiendas de outlets, todo a cien, tecnología y demás quincalla. La Jonquera da mucha impresión de "frontera", pero no de la que hablaba en Puigcerdá, hace unos días, cosmopolitismo y las peluquerías donde hablan fluido francés, catalán y castellano, sino de frontera canalla, espaldas mojadas, todo a la venta, Ciudad Juárez, intrusiones del gran "2666", o tal vez de Lucía Berlin. Todo esto se ve corroborado, para mi horror, al salir de ese horrible mercado de plástico de saldo, en la carretera: siguen los hipermercados donde solo se puede ir en coche y en alguna esquina están ellas. Un par sentadas bajo una sombrilla, otra, delgadísima, en biquini, sola. Una entrada en carnes y anios, de animal print, a la entrada de un camino de árboles. Mercado de carne. Pobres mujeres, pobres: qué asco lo que han de hacer, qué miedo esos caminos, qué espanto. Un día hablábamos de vender riniones,  otro de la subrogación... otra manera más de vender el cuerpo, qué desgracia de sociedad. 

Nuestro destino de la tarde es Besalú, un pueblo medieval que fue votado este anio como "el pueblo más interesante de Espania del que nunca habrás oído hablar" por el Los Angeles Times. Pasamos por Figueres, donde había estado hace siglos con el cole a ver el Museo Dalí y por fin llegamos a Besalú. Entramos por la parte de abajo (no el puente de peli), y las piedras pasarelas del río están rotas en algún punto y hay que descalzarse y vadear.. qué chulo! Hace mucho calor y en la plaza del pueblo recurro a mi método infalible para estas situaciones: meter la cabeza debajo de la fuente central, ante los ojos estuporosos del Peda y Mini (cómo si no me lo hubieran visto hacer antes). El pelo mojado actúa de ventilador para el resto de la tarde. En este caso, las imágenes valen más que mil palabras: divagantes, Besalú...


































En la estación de Girona nos despedimos del Peda: nosotras cogemos el tren a Vetusta y él va al aeropuerto de vuelta a la Pérfida... se acaba el finde-largo tan chulo, que parece hace siglos que empezó.  Nuestro corazón se ha quedado en La Cerdanya y prometemos volver...

14 de agosto de 2017

Céret, Picasso, la idiosincrasia francesa y la bandera catalana (Pir4)

3 divagues
La noche anterior -domingo- llegamos a Céret, donde una compa de trabajo nos había amablemente dejado su casa para pasar dos días. Las llaves las tiene Paul, un inglés que regenta un Bed & Breakfast (hotel sencillo con desayuno) "al otro lado del arco". Paul y su mujer decidieron hace doce años que su vida en el Reino Unido era demasiado frenética y que no estaban viendo crecer a sus cuatro hijos, así que compraron una casona en la Place du Picasso y en ella tienen hoy 5-6 habitaciones para alquilar. Nos la enseña y cuando señalo que parece tener cierta grandiosidad, Paul dice que fue la casa de la curia, y que cuenta la leyenda que había túneles -hoy tabicados, maldita sea!- que salían de allí a alguna otra parte del pueblo.

Viene con nosotros a enseñarnos la casa, que es la típica de pueblo, en una calle estrecha, pintada de blanco y con contraventanas azul marino. La parte de abajo es una sala que hace las veces de recibidor, lavandería, almacén... vamos, una bajera. En el primer piso está el salón-cocina, en el segundo, un dormitorio con baño, y arriba del todo, el ático con mezzanine, con techos inclinados y mucho encanto. Hay una pequeña negociación sobre dónde vamos a dormir, y aunque el ático nos encanta, hay solo una salle de bain de las de ducha y lavabo, pero si quieres ir al baño a medianoche, habría que bajar. Decidimos quedarnos en la habitación blanca, todo provenzal, de la primera planta, y de hecho dormimos los tres en la misma cama, porque Mini ni de casualidad sube por esas escaleras oscuras al ático.





Plazas de Céret

Picasso a Céret
Pero antes de dormir salimos a cenar y nos damos un paseo por el pueblo.  Cenamos en una plaza muy agradable, donde Mini hace fotos a las gotas de agua del chorro de la fuente. Ya es de noche. Céret es el típico pueblo francés de piedra lleno de plazoletas con fuentes, que a su vez están hasta arriba de cafés y restaurantes. Aquí vivieron muchos artistas, y de hecho las plazas y calles conservan los nombres: el más famoso Pablo Picasso, a principios del SXX, y Braque, pero también visitaron Modigliani, Matisse, y otros. Tiene un importante Museo de Arte Moderno, que al final nos dejamos sin visitar por falta de tiempo. 


Al día siguiente, lunes, salimos a intentar hacernos con unos croissants de desayuno: "Desolé, no nos quedan ya", dicen en la boulangerie de abajo mientras señalan el reloj... A ver, que no es pronto, igual son las 11 pero ya terminados? Lo mismo en la siguiente, pero por fin hay en un pequeño supermercado que nos cuesta un dolor encontrar. Porque el centro de Ceret, el Céret turístico está lleno de galerías de arte, tiendas de vino, y agencias de venta de propiedades. Y cafés y heladerías. Pero no tiendas de comida, para qué? Cuando esto pasa en un sitio, en mi opinión algo va mal, y es momento de disfrutarlo, y marcharse, merci beaucoup. Claro que hay gente, como mi compa, que compró allí "como inversión". La señora del super nos pone los croissants con la mano en la bolsa de papel (y al día siguiente, en otro sitio también): yo alucino, la gentrificación, entonces, no ha llegado tan lejos... no me puedo imaginar en el Reino Unido a nadie haciendo eso. Claro que el finde pasado vi dos pelis francesas ("Elle" de Verhoeven con Isabelle Huppert y "Nubes de Sils Maria" de Assayas con Juliette Binoche) y mi conclusión es que... están locos estos franceses.


Volvemos al salón soleado a desayunar y a prepararnos porque hoy toca playa! Así que pasamos el día recorriendo la costa desde Argelés-sur-Mer, bajando por Colliuore, donde murió Machado, Port Vendres, Banyuls-sur-mer y Cerberé, el último pueblo antes de cruzar la frontera a Port-Bou. La primera playa es enorme y el agua está refrescante, nos damos un buen baño. Pero el pueblo es decepcionante, bueno... es que había olvidado lo que es la playa española, llena de gente, de coches, de chiringuitos... así es Argeles. Los otros pueblos tienen playas más bien mediocres y siento un pang de nostalgia de las playas griegas (aunque mis amigos griegos han dicho que hasta este verano Grecia estaba hasta arriba). En la última Mini y el Peda alquilan un pedalú, que hoy en día vienen con tobogán incluido, del que Mini se tira 534 veces.


A la vuelta a Céret, cenamos en una de esas plazas encantadoras, esta vez en el lateral de la iglesia. La camarera es hija de españoles y la "parrillada catalana" es irrisoria: sinceramente, el concepto "parrillada" está asociado en mi mente con algo un poco más generoso. Eso sí, en Céret, como en toda esta zona de Francia que hemos visitado, todo es catalán, hay muchas banderas, e incluso una tienda de souvenirs catalanes (pienso en "El Mañico", las tiendas de adoquines del Pilar y demás quincalla en Vetusta). Tengo una animada conversación (claro que esto fue a la mañana siguiente), con el que regenta la tienda. El caso es que yo siempre pensaba que en la bandera de Calaluña las barras era verticales, por aquella leyenda que me contaba la Yaya: San Jorge, tras derrotar al dragón, mete la mano en la herida de este y con la sangre hace las barras rojas sobre una bandera blanca, a la vez que dice esto:


Seguro que estoy equivocada porque hemos visto mil banderas catalanas estos días (esteladas y no), y siempre son horizontales. De todas formas, se lo comento al vendedor, que no tenía ni idea, y al que imagino llamando a su proveedor que le cambien todos esos bolsos, banderas y posapapeles horizontales. Ah, y delantales con burros, y barratinas, y...















13 de agosto de 2017

El Segre, dejá-vus, Bécquer y Ricard (Pir3)

8 divagues
Hay tantas historias de Bellver que hacer un divague por día es casi pecado. En cualquier otro de viajes, es tan fácil... porque cada rincón no tiene una historia. Pero aquí no es solo lo que ves, o lo que te pasa... es que habría que remontarse décadas para explicar qué es qué y quién es quién. La mañana del domingo vamos a bajar al Segre (hoy sí, que el de ayer era el "glaciar Llosa"), al sitio que íbamos siempre de peques. Pero antes hay que pasar por casa de nuestros familiares, no solo porque está de paso. 

Lluisa, prima de la Yaya, es una de las personas más sonrientes que conozco, y es la madre de los que encontramos ayer en aquella plaza. De pequeña me encantaba su casa, super acogedora y llena de antiguedades- específicamente aquí me aficioné a ellas. Al entrar veo que está exactamente como la recuerdo, con muchísimo estilo en todo: los pasillos llenos de cuadros, llaves antiguas, uno de aquellos muebles que se usaban para asearse, lo que debían ser aperos de labranza, viejos esquíes. Su hija nos pasa a una habitación para enseñarle a Mini el organillo de manivela, que le cambió Lluisa a una mujer que pasaba por allí por unas botas. En el salón hay una cómoda que se la regaló la Yaya. Mira Mini, el reloj de cuco que a mí me fascinaba, esperando que diera la hora para ver salir al pajarito. Tirada por el suelo de este salón, en la tele al lado de la chimenea vi la inauguración de los Juegos Olímpicos de Barcelona. Al fondo, en una extensión acristalada que hicieron más tarde, pasa su tiempo ahora Lluisa: debajo está el huerto que ella antes cultivaba y hoy nos cuenta que sigue su hija, que vive en Barcelona pero sube casi todos los findes. El chalet de al lado, que lo tiraron (para mi disgusto el primer día), no les ha ido mal porque han ganado más luz y si quieren les dejan pasarse a la piscina comunitaria del edificio de dos plantas que ha sustituido aquel chalet de ensueño de tejado inclinado, pizarra, madera y cristal. Salimos porque quiero enseñarle al Peda el estudio de pintora de la hija de Lluisa, otra de las cosas que me maravillaban de aquella casa: al fondo del jardín de césped perfecto había (y hay) una casita con las paredes acristaladas llena de lienzos, brochas, botes... la hija siempre ha pintado, aunque se medio sonroja diciendo que "cada vez menos", "está muy liado, lo tengo que organizar"... Hablamos un rato más, y me encanta ver a Lluisa que tiene la misma sonrisa de siempre, y que me coge de la mano mucho rato.


Bajamos al Segre por el mismo sendero de mis recuerdos: hay un camino que desciende con escalones grandes de piedra, un bosquecillo, un prado enorme, un canal de riego por el que pasa el agua muy rápido, que hay que cruzar por una de esas compuertas (tal vez las que controlaba Joan?), haciendo equilibrios. Por fin estamos en el río, que está algo distinto de la última vez que estuve, hace diez años, que estaba también algo distinto de la antepenúltima, y así... La leyenda urbana es "baja mucha menos agua que antes", y lo cierto es que yo recuerdo que me cubría hasta los hombros quizás, claro que también era yo más pequeña. Hoy no cubre más que hasta la cintura, con suerte, en los sitios más profundos, pero hay muchas piedras que hacen como pequeñas cascadas y es divertido estar ahí con todo el ruido. El agua no está ni de lejos tan fría como ayer:  fresca pero razonable y, en una palabra: no duele. 


Vamos a comer a un asador llamado "La Solana", que está camino de Puigcerdá. Lo descubrieron los Jekes de casualidad hace tiempo, porque les dejaban tener a Nara: han estado comiendo en su terraza incluso con nieve! Sin embargo, antes de dejar Bellver, queremos ir a dar un último paseo y hacer alguna foto. Lo que es problemático porque cada foto podría extender esto  sin conocimiento: pero quién dijo miedo habiendo hospitales?

En uno de esos pisos de las terrazas vivía la Yaya con sus padres cuando vino de Barcelona siendo apenas una adolescente porque a su madre, enferma de corazón, la enviaron a vivir a "la montaña".

Estas cosas eran comunes en la época, todos hemos leído "La Montaña Mágica" (y el que no, ya va tarde), pero es que además en Bellver tenemos un famoso literato que fue enviado aquí para sobrellevar su tuberculosis: Gustavo Adolfo Bécquer. Escribió aquí su leyenda "La cruz del diablo", y cita a nuestro héroe de estos días, Belllver, el la primera página

En concreto, Bécquer se alojó en esta casa (si se amplía igual se puede leer la inscripción), que en su tiempo fue fonda: Cal Patanó, donde vivían unos familiares de la Yaya. En el primer piso había una cocina gigante, con una mesa de madera de lado a lado: allí, el Señor Patanó me decía que se debió sentar Bécquer y a mí me llenaba de ilusión (a propósito de estos fetichismos literarios el libro que estoy leyendo ahora).


Patanó era fotógrafo aficionado, y nos enseñaba el cuarto oscuro de revelado que siempre me pareció un lugar mágico. Le encantaba hacerme rabiar, y yo, claro, entraba a todos los trapos. Su tema principal de pique era Vetusta!!! (sonrío mientras escribo). Tengo una foto que me hizo a los 8-9 años sentada en la mesa donde sostengo un trozo de papel donde pone algo así como "Soy la reñidora!" Hace 10 años les visitamos por última vez; hoy Cal Patanó está cerrada... no sé si esta pareja tan entrañable siguen vivos. La casa está en una calle cuyo nombre me explicaba la Yaya: "se llama así por lo difícil que era atravesarla en invierno con la nieve": es el Carrer de l'Amargura. 

Antes de entrar en esta calle está La Formiga: una tienda de regalos de unas amigas de Nansi que también me encantaba. Estaba excavada en la roca, como están gran parte de estancias en esta zona antigua del pueblo.  Le hago esta foto desde la ventana: veo que se ha transformado en antiguedades también. Mira, Mini, son lecheras! Me encantaba ir a una lechería que había aquí abajo (hoy es una tienda de algo que no recuerdo, tipo video club? pero quien alquila pelis hoy?). Los recipientes aquellos metálicos grandes donde guardaban la leche, el olor del sitio, los coloretes en las mejillas de la mujer que la vendía. Sabes, Mini? Si le dabas la vuelta rápido, por leyes centrífugas, la leche no se cae... En serio? Sí, a no ser que se rompa el asa, que es lo que me pasó a mí una vez...

La Formiga

La Formiga




Más cosas excavadas en la roca? La guerra estalló el día que la Yaya cumplió 16 años y este es el refugio donde se metían cuando pasaba  "La Pava", (el avión de combate Heinkel-46). Que viene La Pava! Que viene la Pava! Y todos corrían al refugio. Todos menos su padre, que nunca quiso ir: "id vosaltres, jo em quedo", y seguía trabajando. Vivo sobre uno de estos refugios en Londinium, y lo divagué aquí.












Volvemos a subir a la plaza, esta vez podemos entrar en la iglesia y pasearnos por entre los arcos sin apenas gente. En la puerta de una casa alguien ha ido registrando las alturas con las fechas de cada uno de los niños de la casa.




























De bajada, ahí sigue Cal Jaume, un colmado de los que vendían butifarra, y aunque me asomo no recuerdo mucho, aparte de que antes era muy oscuro. Los carteles de azulejos de Freixenet siguen intactos... 
Se han hecho las mil para comer, pero conseguimos que los de "La Solana" nos preparen una mesa, y esta es nuestra comida-parrillada catalana de despedida de los Jekes, que marchan para Barcelona y nosotros seguimos camino hacia Puigcerdá, para Francia.  Aquí tenemos más familia, pero ya es tarde y no paramos; igual que había (quién sabe sin aún estarán) primos y demás de la Yaya en los pueblos fronteros de Francia: Bourg-Madame, que en realidad es como un barrio de Puigcerdá. 

Siempre me han gustado esos lugares fronterizos donde se hablan dos idiomas y donde en mi imaginación se desarrollan pelis de espías y contrabandistas. Cuando cruzábamos a Francia en mi infancia había que pasar por aduanas con los gendarmes, y eso siempre le daba mucha emoción... íbamos a otro país! Las visitas a los familiares de la Yaya eran, si una lo piensa, aburridísimas (gente mayor hablando en catalán), pero me daban una bebida exótica que no me gustaba necesariamente (era como un concentrado de colores vivos, dulce) y galletas extrañas, que hoy pienso eran parecidas a las Jaffa Cakes inglesas. El baño estaba separado del cuarto donde te duchabas, y una vez descubrí uno de en el jardín, de tiempos inmemoriales: lo recuerdo como una especie de sauna, todo de madera con una tapa con asa. Tal vez no lo más higiénico. 

Cruzamos el río y nos encaminamos a Ceret, el pueblo cercano a Perpignan, donde una amiga tiene una casa que nos ha dejado para un par de noches. El camino, atravesando todos los Pirineos es precioso: pasamos por diversos pueblos pero mayormente tenemos la sensación de estar cayendo en picado: entre valle y valle, vemos el "pequeño tren amarillo", ("Le Petit Tren Jaune") que surca todo el valle del "Parque natural de los Pirineos catalanes", desde el pueblo fortificado de Villefranche-de-Conflent (440 m sobre el nivel del mar) hasta Latour-de-Carol (más allá de Puigcerdá, a 1248 msnm). Recorre unos 62 kms, con su punto más alto a 1592 msnm. Parece ser que fue una obra de ingeniería colosal cuando abrió en 1909, y que aun funciona con 7 de los 10 vagones eléctricos de la época. "Atraviesa el unico puente colgante de Francia, cañones, bosques, valles, pueblecitos colgados de las montañas con sus campanarios  y a veces, parece que desafía la gravedad, cuando se detiene solo se oye la risa del río al fondo", según dice el autor del artículo que enlazo.



Porque en este viaje, no habíamos oido hablar del trenecito amarillo, y simplemente nos encontramos con él en la terraza de un bar cuando paramos para una coca-cola medicinal pues Mini que se ha mareado en los zig-zags del valle. El bar en cuestión es maravillloso: estancado en los 70, tan típicamente francés, que parece  de atrezzo, con sus botellas de Pernod Ricard. Aquí es donde descubrimos que el catalanismo esta aún mucho más presente que en la propia Cataluña: "no somos occitanos, somos catalanes", tienen en una pegatina. 


Llegamos a Ceret aún de día pero, como dijo Escarlata O'Hara... mañana sera otro día (o no habrá plazas hospitalarias suficientes para los divagantes).